“Lo que la reflexión nos enseña al respecto, la observación lo confirma cabalmente: el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren tanto por el fondo del corazón y de las inclinaciones, que lo que hace la suprema felicidad de uno, reduce al otro a la desesperanza. El primero no respira más que el reposo y la libertad, sólo desea vivir y permanecer ocioso… Por el contrario, el ciudadano, siempre activo, suda, se agita, se atormenta incesantemente para buscar unas ocupaciones aún más laboriosas: trabaja hasta la muerte; adula a los grandes que odia y a los ricos que desprecia; nada ahorra para obtener el honor de servirles; se vanagloria orgullosamente de su bajeza y de su protección, y orgulloso de su esclavitud, habla con desprecio de quienes no tienen el honor de compartirla. Es así cómo, al reducirse todo a las meras apariencias, todo se vuelve ficticio y fingido: el honor, la amistad, la virtud y con harta frecuencia hasta los propios vicios respecto de los cuales se encuentra finalmente el secreto de glorificarse; cómo, en una palabra, preguntando siempre a los demás lo que somos y no atreviéndonos nunca a interrogarnos nosotros mismos al respecto, en medio de tanta filosofía, humanidad, cortesía y máximas sublimes, no tenemos más que una apariencia engañosa y frívola, un honor sin virtud, una razón sin sabiduría, y un placer sin felicidad.”Discurs sobre la desigualtat entre els homes, Jean Jacques Rousseau.
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